En el Bajo Patía, la pregunta es la misma: ¿Que pasará cuándo la guerrilla ya no esté?

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Los sentimientos que hoy embargan a las comunidades que pueblan una extensa región que va desde el centro – norte del departamento de Nariño hasta llegar al mar Pacífico, por el avance del proceso de inserción de los miembros de las Farc a la vida civil, son muy variados.

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Por Víctor Chaves R. Director INFORMATIVO WEB del SUR.

La expectativa es grande: entienden que lo que se está viviendo es un momento sin precedentes, que definitivamente cambiará el rumbo de sus vidas. Que los guerrilleros dejen sus armas y que las instituciones se comprometan a pagar la deuda histórica que tiene con los más pobres de Colombia, es el comienzo de lo que puede ser una gran oportunidad. La mejor de todas, quizás.

A los campesinos que habitan las veredas y corregimientos que están asentados alrededor de la Hoz de Minamá, en donde el Río Patía rompe la cordillera occidental para dirigirse raudo hacia el mar, los invade en estos momentos un cúmulo de ansiedades que se convierte en muchas preguntas, algunas de las cuales ya tienen respuestas, pero otras no.

“¿Qué va a pasar con nosotros?” es la primera pregunta que por lo general formulan los campesinos, cada vez que tienen oportunidad de reunirse con delegados de alguna dependencia nacional u organización internacional e inclusive cuando conversan con los mismos comandantes de los frentes guerrilleros que ya están adelantando preparativos para dirigirse a las zonas campamentarias determinadas para el caso de Nariño.

“Los campesinos, no solo de esta región, sino de todo el departamento de Nariño y de Colombia deben entender que nadie se puede hacer a un lado en este proceso. Son una gran porción del pueblo que tendrá mucho qué ver con lo que acontezca cuando ya nosotros no estemos para acompañarlos y ayudarlos a manejar con orden la zona”, asegura de manera enfática Ramiro, comandante del frente 29 de las Farc a un centenar de agricultores que se reunieron con él y con otros invitados que conocen los pormenores de todo este proceso.

“Todos tendremos ahora que estar pendientes para que los que se acordó en Cuba se cumpla, mediante la implementación de las estrategias que se seguirán no solo para garantizar la seguridad de zonas como estas, sino para que el Estado a través de sus gobernantes y funcionarios ejecuten los programas y obras que se requieren para que las condiciones de vida mejoren para todos. Pero si nos quedamos esperando a que todo esto llegue por una orden desde Bogotá, esto nunca sucederá”, agregó el jefe insurgente.

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El futuro de los cultivos de coca

Una gran porción de los campesinos del Bajo Patía se dedica en este momento al cultivo de la mata de coca. Pese a que la amplia discusión sobre esta materia sigue abierta, acerca, por ejemplo de la verdadera rentabilidad de esta siembra, el grueso de la población sigue convencido de que las ofertas sustitutivas que llegan desde el Gobierno, las ong y otras instituciones, como las del Cacao y la Palma de Aceite, pueden tener algunos elementos positivos y favorables pero fracasan por la temporalidad de las mismas. Es decir, porque son proyectos que solo tienen garantizada una porción de su desarrollo y por ello se carece de continuidad.

El Estado a través de prácticamente todos los gobernantes, ha pasado de largo frente asuntos clave para la cadena de comercialización de productos agropecuarios, como los costos de extracción y producción, incluyendo fertilizantes y maquinaria, las vías, los fletes, etc y aunque algunos mandos medios y funcionarios podrían alegar que si aportaron algo para mejorar la situación de los productores “legales”, la verdad es que en esto momento nada diferente a la hoja de coca le permite a los campesinos tener algún dinero en sus bolsillos.

En cambio “se puede asegurar que hay cocinas en todas las veredas de esta región, en donde se prepara la base de coca que luego se pone en manos de la gente que hace la refinación hasta convertirla en cocaína. Ellos (los productores de la droga) pagan un precio atractivo si tienen que recogerla en la finca; si el productor de hoja la lleva hasta donde la procesan, entonces se gana unos pesos extra. Prácticamente ningún  otro producto garantiza todas esas prebendas”, asegura uno de los líderes cocaleros que está participando en los conversatorios y trabajos pedagógicos sobre el alcance de los acuerdos de La Habana que cumple el Frente 29 de las Farc en este territorio.

Entre las propuestas que se analizan para atender el presente y el futuro de los cultivadores de hoja de coca está el considerar la idea de una regulación de la producción, si se entiende que la mata contiene una serie de elementos  que se pueden aplicar en la salud y en la alimentación, por ejemplo, tal como ya se hace en Perú y Bolivia. “Todo esto debe formar parte de una estrategia integral que incluya la sustitución por cultivos generadores de ingresos, rentabilidad y empleo, que cuenten con asistencia técnica y apoyo institucional de manera permanente y que no obedezca a estrategias temporales”, plantea Wilfer, líder de los campesinos del municipio de Leyva, en el norte de Nariño.

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Las expectativas están soportadas en que a nivel central se aborde de una vez por todas la aplicación de soluciones definitivas para los temas agropecuarios, incluyendo el de los cultivos, pero que pasan por encima de otros asuntos trascendentales como el de la propiedad de la tierra, las estrategias de desarrollo rural integrado e inclusive se espera que el acuerdo sirva como soporte para abrir la gran discusión global sobre drogas prohibidas, como es el caso de la cocaína, y las perspectivas a corto, mediano y largo plazo.

Las comunidades rurales de municipios como Policarpa. Cumbitara, Leyva y sus vecinos viven por cuestiones sociales y también ambientales una de las épocas económicas más críticas de los últimos tiempos. La desidia de los políticos locales, incluyendo a sus alcaldes, impide que la situación sea, por lo menos, más liviana.

En esta subregión natural, el estado de las vías es vergonzoso; también da grima, al hacer un recorrido por la región, ver el avance de la deforestación, de la minería irresponsable y de la contaminación irreversible de las fuentes hídricas. Aquí es evidente que la ambición, la desidia y la deshonestidad de los políticos le han hecho más daño a estas comunidades que el mismo conflicto armado. Quienes han tenido el poder solo pasaron por ahí en épocas de campaña electoral y nunca más volvieron.

El Bajo Patía, en donde viven centenares de familias que han sentido en carne propia las vicisitudes no solo de una, sino de varias guerras sin cuartel, es ahora escenario para la construcción de una paz profunda y ojalá duradera. Todos tienen las ganas y están trabajando en las construcción de iniciativas que le den forma real a lo que se convino en La Habana. Pero también tienen la certeza de que el acompañamiento institucional debe pasar del discurso y convertirse en hechos, obras, inversiones, siempre de la mano de las comunidades.

De lo contrario, para ellos todo este proceso con las Farc penderá de los hilos de la incertidumbre y las preguntas continuarán. La ausencia de la guerrilla, no solo por la presencia física, sino por todos los significantes que construyó a lo largo de estos años, se siente desde ya en el espíritu y el ánimo de muchos. Pero son los mismos que promueven la construcción de una verdadera Paz.

Ahí pueden comenzar a aparecer las respuestas.

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