Medios Masivos y Redes Sociales: fórmula para el antiperiodismo

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Cuando los medios no ofrecen el contexto necesario para entender las noticias y se limitan a amplificar las emociones que circulan en las redes sociales no están cumpliendo su función.

Por Omar Rincón. Director de la Maestría en Periodismo de la Universidad de Los Andes. Tomado de Razón Pública.

Tres impactos

Colombia es un país inventado por un dios sensacionalista. Por eso cada semana trae su cuota de morbo. En las últimas tres semanas hemos asistido a tres grandes escándalos periodísticos y de redes digitales:

·  La tragedia del Chapecoense,

·  La espeluznante historia de Rafael Uribe Noguera y la muerte de Yuliana Samboní,

·  El premio Nobel de paz a Juan Manuel Santos.

Por estas tres noticias las redes se convirtieron en campo de batalla y los medios no hicieron sino incendiarse con ellas. ¿Qué nos pasa como país? ¿Será que en Colombia el enemigo somos nosotros mismos?

Solidaridad y debate sobre lo paisa

Una fiesta que iba a ser deportiva, que iba a hacer campeón al Nacional, se convirtió en una tragedia sin nombre, un ejercicio público de ciudadanía solidaria y un debate sobre los modos de ser paisa.

  • Lo humano del incidente estuvo en que el Nacional renunció al título de campeón, que lo sería si hubiesen jugado porque viene siendo el mejor equipo de Colombia y América Latina. En lugar de esto el equipo envió un comunicado: “Atlético Nacional invita a Conmebol a que el título de la Copa Sudamericana le sea entregado a la Associacao Chapecoense de Futebol como laurel honorífico a su gran pérdida y en homenaje póstumo a las víctimas del fatal accidente que enluta nuestro deporte. De nuestra parte, y para siempre, Chapecoense Campeón de la Copa Sudamericana 2016”. Una verdadera muestra de juego limpio.
  • ¡Lo terrible fue que por la ineficacia de un capitalista piloto se haya llevado a la muerte a 71 personas¡
  • Lo cínico del cubrimiento de la noticia fue el tonto orgullo de RCN por ser el primero en llegar al lugar del siniestro. ¡Qué periodismo!
  • Lo maravilloso fue que aprendimos a decir algo que era impronunciable: Chapecoense y todos nos convertimos a su fe. ¡Que épica!
  • Lo alucinante fue que Medellín sacó lo mejor de la tragedia, se volcó a la solidaridad y dio muestras de ser una sociedad muy humana, cercana, hermana y amorosa. ¡Qué bueno!

Lo maravilloso y lo trágico nace y se hace paisa. Lo maravilloso paisa apareció en esa solidaridad de la gente, del equipo de fútbol, de la ciudad y las redes. Ante la tragedia los paisas se crecen, saben salir de ellas y ganarse el respeto público. Los paisas han sabido salir de muchas tragedias y siempre construyen un mejor futuro.

La paradoja paisa está en que sus orgullos los delatan. Los discursos del alcalde de Medellín y del gobernador de Antioquia que llamaron al orgullo paisa y desconocieron la solidaridad de un país, un conteniente y el mundo del fútbol cayeron mal en las redes. Cayó también pésimo que los gobernantes no pudieron evitar ser protagonistas de la solidaridad ciudadana, cuando la idea había sido de una barra de fútbol, “Los del Sur”, a los que siempre han llamado “desadaptados”.

El debate en las redes fue porque llamaron a la solidaridad una victoria y un orgullo paisa. El escándalo no debió existir porque los paisas son así y así los queremos. Los paisas no saben ser sino paisas: aman tanto su terruño que les es imposible ser universales. Por eso criticar su provincianismo es no reconocer que en ese amor por el terruño y sus costumbres se basa la identidad paisa. Por eso para ellos todo tiene sentido solo como paisa: no se saben colombianos, tampoco del mundo. Y este amor por lo propio es motivo de orgullo. Ser paisa es hacer parte de una raza. Una raza verraca y echada “pa´lante”, esa que dice que para atrás ni para coger impulso; una raza católica, apostólica y blanca, que se llena de valores de dios y clase; una raza orgullosa de tener una ciudad muy bonita, un departamento pujante, un político indestructible como Uribe, el mejor fútbol, unos empresarios con valores, una mega empresa como EPM. Mejor dicho, ser paisa es un orgullo.

Y lo paisa es marca Colombia. Sus orgullos y valores nos determinan como nación. Por eso somos una patria de religión, tradición y propiedad. El destino paisa (narco, violencias, empresariado) se convierte en horizonte de nuestras vidas políticas nacionales. Ese modo provinciano de ser, esa necesidad del patrón y ese premiar la lealtad como valor máximo son marcas paisas de nuestro ser nacional. Pablo y Álvaro son nuestros destinos predominantes, pero también el fútbol paisa, el humor paisa, sus glorias literarias y artísticas. Nuestro modo de comportarnos como nación es muy paisa: valores para todo, estética para poco.

Y lo más paisa que tenemos es ese mirar para otro lado para no ver qué somos y enfrentar los problemas. Por ejemplo, reconocer que esa bella y maravillosa ciudad que es Medellín también es la más desigual de Colombia, porque allí “los ricos están muy lejos de los pobres, ya que el 10 por ciento más rico tiene 50,7 veces el ingreso del 10 por ciento más pobre” y que somos el primer país en inequidad urbana de América Latina. Ese mirar para otro lado es un mal nacional.

También sufrimos del síndrome de baja autoestima paisa. El exceso de amor propio y poca humildad de los paisas expresa una baja autoestima, porque si estuvieran tan orgullosos de sí mismos no preguntarían al extraño si le gustó Medellín. Si saben que es tan bonito, ¿por qué requieren el amor del extranjero para saberse bonitos? La buena autoestima no necesita del espejo de los amos.

Todos somos Yuliana Samboní

Y de la solidaridad ante la tragedia y el escándalo banal sobre lo paisa pasamos a la indignación ante la cruel realidad que nos habita. El caso de Yuliana Samboní y su supuesto destructor, Rafael Uribe Noguera, es aberrante desde dónde se le mire. Y ante él el periodismo hizo lo que pudo: hacer oda a la indignación.

Lo flojo fue que ante esta desgracia de humanismo, su estilo de informar fue narrarlo y comentarlo como relatores y comentaristas de fútbol: pura emoción, poca pausa, nada de explicación. Periodistas y redes indignadas salieron a buscar culpables, a acusar al malo, a apedrear al mal. Y había que hacerlo: ¡lo que pasó es indignante!

Por su parte, los políticos salieron a proponer leyes, los gobernantes a solidarizarse y la justicia a exhibirse. O sea, la nada, o lo mismo de siempre. Todo en vivo y en directo, de último minuto. Pero más allá de la indignación el periodismo debería pausar y ayudarnos a comprender. Y no lo hizo, se quedó en la indignación.

Este caso demuestra, una vez más, que estamos mal de la cabeza en Colombia. Y no es un problema de valores o de Dios, es que nuestra sociedad necesita dejar de pensar que ir al analista, al sicólogo o al orientador significa estar loco.

Tenemos que buscar ayuda, la violencia intrafamiliar nos está matando, nuestros modos de convivir no son saludables, las maneras como nos enfrentamos en las redes no está bien. No estamos bien. Y ahí el periodismo puede hacer su trabajo: contextualizar e investigar el problema, preguntar a los gobernantes qué hacen al respecto, dialogar con investigadores que tengan datos para saber la magnitud del problema. No basta con indignarse.

El matoneo de la paz

En las redes triunfa la indignación, la solidaridad, el humor… pero sobre todo el matoneo. Por ejemplo el Nobel de paz a Santos se convirtió en un campo de acusaciones falsas de ambos lados; lo que debería juntarnos nos llevó a combatir con las balas de la mentira. Y después medios, políticos y expertos se preguntan por qué nos matamos tanto, por qué convivimos tan mal, por qué surgen personajes como Uribe Noguera… cuando hemos hecho del matoneo la noticia nacional.

Estamos mal. Las redes se han convertido en el campo de batalla y terrorismo de Uribe y sus muchachos, de los religiosos y mamertos fundamentalistas, de los políticos sin ideas, de los abogados mediáticos, de los periodistas, de los buenos y los malos, de todos. El matoneo es la norma. Y los medios cubren ese matoneo como noticia. Y dan como noticia afirmaciones falsas o de odio de las redes, cuando lo periodístico debe demostrar verdad, datos, hechos.

El periodismo cuenta la actualidad y los medios todavía creen que llegar primero, informar en directo o vocear lo que dicen las redes digitales es hacer buen periodismo. La pausa no existe. La investigación, tampoco. No se muestra el contexto como lugar de sentido. Tampoco se provee a la sociedad de criterios de comprensión para entender y explicar los hechos.

En los medios triunfan la indignación, el matoneo, el sensacionalismo. Y por eso ahora la noticia es lo que dicen las redes digitales: ese enjambre de emocionalidades puestas en público, ese dios histérico que hace catarsis pública a sus frustraciones personales en Twitter, Facebook o con memes. Para los medios y los periodistas de hoy lo que dice la gente en las redes es “palabra de dios”.

La indignación solo dura unos días y el problema persiste; la solidaridad solo aparece en las tragedias; el matoneo en las redes poco ayuda a convivir. Las redes no pueden ser la noticia. Un mejor periodismo nos serviría para saber convivir mejor y entendernos más.

Link: http://www.razonpublica.com/index.php/economia-y-sociedad/9925-las-tres-noticias-de-la-semana-mucha-pasi%C3%B3n-y-poco-periodismo.html?utm_source

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