Docentes de primera infancia en San Pablo, Nariño, cualificaron competencias

 

“¡Feliz quien volviera a ser niño!”
Hermann Hesse (El lobo estepario)

“Para nadie es un secreto que hoy en día la entrada a la universidad se puede comprar”, señala José Luis Urbano, tutor nacional para la estrategia Cuerpos Sonoros. “Uno de los momentos más emocionantes de mi vida fue ese: el ver mi nombre incluido en la lista de ingreso a la universidad y saber que lo había logrado por mis propios medios. Ahora sé que si alguien me hubiera robado lo que fue vivir eso, no sería el mismo Jose que ven ustedes aquí”, afirma para decir que con la niñez pasa igual.

Por Mauricio Bravo Cerón. Comunicador Social.

Es necesario que ellos aprendan de los procesos exploratorios propios de su edad.

Haciendo más palpable el ejemplo y llevándolo hacia el contexto de la niñez, José Luis toma un recipiente cerrado y comienza a explorar, cual un niño, la manera de abrirlo y tomar de él el líquido que contiene. Explica que un padre, madre o profesor en un momento como este debería convertirse en simple espectador de la exploración infantil, dejar que él use su imaginación, que busque solo la manera de abrirlo, que a veces se frustre si es necesario.

En el más extremo de los casos pueden ser parte de la exploración: tomar el recipiente y enseñarle al niño cómo se abre; pero, antes de devolvérselo, deben volver a cerrarlo para que el niño, una vez observado el proceso (en medio de su intacta capacidad de observar), lo repita y así lo aprenda. “Uno no le puede robar al niño la oportunidad de sentirse limitado, de sentir rabia incluso, porque eso hace parte de la vida”, enfatiza Jose Luis.

Esta explicación hizo parte de las reflexiones de un taller artístico y pedagógico que buscó cualificar la experiencia pedagógica de los docentes de primera infancia de los Centros de Desarrollo Infantil CDI de Villanueva, La Unión y San Pablo. Fue una experiencia gratuita en las instalaciones del CDI Rayitos de Sol el pasado sábado 17 de marzo de 2018, dirigido por el licenciado en comunicaciones egresado de la Universidad de Antioquia José Luis Urbano Muñoz.

Vestido con un pantalón de lycra bajo una pantaloneta, un saco que ocultaba una camiseta esqueleto, y zapatos tenis, es decir, vestido de manera cómoda y ligera, el tutor llegó al CDI Rayitos de Sol esa mañana de sábado dispuesto a dar y que los veintidós participantes del taller dieran el cien por ciento de su capacidad corporal y mental, siempre concentrados, siempre viviendo el momento, como única condición para hacer parte del taller.

La primera dinámica de la jornada fue una ronda de presentación general, en la que cada uno de los participantes daba además de su nombre, su comida y color favoritos y sobre todo confesaba a sus compañeros un secreto, como mecanismo para que los participantes se conocieran un poco más y al mismo tiempo entraran en un ambiente de confianza.

Acto seguido, ya fuera de las sillas, vino una dinámica de caminata consciente, durante la cual los participantes comenzaron a despertar su cuerpo y a prepararlo para lo que se venía: una jornada en la que los docentes de primera infancia, de cierta forma, volvieron a ser niños, a ponerse en los zapatos y entender lo que hoy viven sus niños, a dejar de un lado todo comportamiento adulto y todo pensamiento que no implicara la aparentemente simple acción de caminar.

Las ilimitadas posibilidades de su cuerpo los llevaron a continuación más allá del protocolo cotidiano usado para saludarse los unos a los otros con distintas partes de su cuerpo, fuera de sus manos o de su cabeza; alternando las inevitables sonrisas ante la situación poco común, se saludaron por ejemplo con sus orejas, con sus narices, con sus espaladas, con sus ombligos y con cuanta parte del cuerpo se les ocurrió en el momento.

En seguida vino una dinámica que José Luis denomina el círculo energético, en la que a manera de ritual indígena y al aire libre, los docentes se ubicaron en una rueda, se despojaron de las malas energías y sembraron las buenas en las hojas de un árbol que hacían las veces de centro energético. Sembraron felicidad, amistad, amor, salud, entre otros; para luego cosecharlos y enviárselos a sus seres queridos, al municipio, al departamento a Colombia y al universo entero.

Hubo una parte destacada de este ejercicio en la cual salió a relucir la parte humana demasiado humana, como diría Nietzsche, de los participantes: fue cuando José Luis les pidió que eso tan bueno que habían sembrado simbólicamente y que le estaban enviando a sus seres queridos, a sus amigos al mundo y al universo entero, se lo enviaran también a las personas que recientemente les hubieran hecho algún daño. Una tenue voz incluso se dejó escuchar diciendo: “Yo a ese no le envío nada”.

Entre otros ejercicios, los participantes aprendieron a ser espejo (imitando desde el frente lo que un compañero hace) o ser sombra de alguien más (imitándolo desde atrás), a ver hilos invisibles por medio de los cuáles a veces podrían mover a su antojo a otra persona y otras tantas tendrían que dejarse mover al antojo de su compañero. Se convirtieron en el hábitat de sus compañeros o los habitaron a ellos.

Aprendieron también que una meditación bien practicada genera un verdadero descanso.

En otro de los ejercicios, la metáfora de una botella plástica llena de agua mezclada con tierra, les permitió ver y entender cómo el ser humano va por la vida cotidiana dando tumbos de ciego, por tener mil cosas, mil problemas a la vez en su cabeza y no despejarla para ver, de entre toda esa niebla, lo que realmente importa en cada momento. A veces las soluciones a los problemas pueden ser algo simple que solemos tener en frente, pero que no vemos por no concentrarnos en ellas.

Terminada la parte dinámica vinieron las reflexiones, la explicación del porqué de todo esto y que tiene que ver con la niñez: reflexiones como que el cuerpo de un niño no tiene límites y estos no se le pueden imponer; que a la primera infancia no se le debe enseñar ni a cantar, ni a bailar, ni a marchar, porque esta no es una época para formar vocaciones, sino, por el contrario, para que ellos mismos exploren el mundo y tomen de él lo que crean suyo de entre su infinidad de posibilidades.

A su edad sólo se les debe poner a sonar una canción y permitirles que sean ellos quienes bailen y se expresen a su manera muy personal, pues, y en esto es muy enfático José Luis, ellos (los niños) ya saben bailar, ya saben cantar, ya saben marchar; en fin, ya saben muchas cosas que un adulto a veces pretende enseñarles.

Es de tal magnitud la libertad que un niño en plena etapa de exploración y conocimiento del mundo cree que tiene, que si quiere reír, ríe; si quiere saltar, salta; si quiere comer, come; si quiere llorar, llora, si quiere amar, ama. Y sólo conoce conceptos como el de estrés, preocupaciones y límites cuando los ve reflejados o impuestos por un adulto. A su corta edad ellos a esa libertad le agregan una dosis de seriedad a las actividades que cotidianamente emprenden.

Pero seriedad, explica José Luis, no es sinónimo ni de rigidez ni de enojo.

En este contexto, comer con seriedad es pensar “a esta sopa como que le hace falta un poco de sal”; “este arroz me quedó más duro que la vez pasada”; “este jugo que me acaban de servir está muy frío”, etc. dejando de lado otro tipo de pensamientos ajenos al momento como “lo que hice o dejé de hacer ayer” “el vestido que me voy a poner esta noche para la fiesta” o “que hace dos años no estaba tan gorda como lo estoy hoy”.

Finalmente aprendieron que la mejor forma de tratar con un niño, hacerse entender y que él se haga entender de manera explayada (con explicaciones largas) es poniéndose a su mismo nivel, hablándole desde una altura tal que él pueda mirar a su interlocutor frente a frente y no con el rostro hacia arriba, como cuando se camina por la calle con él cogido de la mano y dando un paso mientras él se ve obligado a dar dos o hasta tres.

“Espero que después de esto que vivieron hoy, el próximo martes lleguen a sus salones de clase con una actitud distinta, conociendo y entendiendo más a sus niños”, dijo José Luis a los veintidós participantes del taller a manera de despedida. “Que lleguen con las pilas bien puestas, con todas las energías y la disposición de saber y entender que el cuerpo de un niño no tiene límites y no hay que imponérselos”, concluyó.

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