En los labios equivocados…

Foto Dennis Stock, Estados Unidos, 1952

No era culpa de Ella, tal vez un poco de Él por ilusionarse con algo que los dos sabían incierto, y por querer llevarlo hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Lo único cierto fue que el beso no resultó ser lo que Él había imaginado, ni lo que Ella había esperado darle. No había magia, no había cercanía, no había poesía entre esos labios al unirse casi que furtivamente. Lo notaron tan pronto se separaron.

Por: Mauricio Bravo Cerón. Especial para Informativo Web del Sur.

Y sus miradas quedaron fijas, una en la otra.

Se volvieron a besar una, dos, tres veces más, creyendo una mentira lo que estaba pasando entre los dos. Todo fue inútil. Los otros besos resultaron iguales, o tal vez peores, que el primero. La razón saltaba a la vista y los dos la conocían:

Él ya no era ese mismo del día en que Ella le prometió ese beso. Ella, por su parte, aunque físicamente era idéntica a su hermana, no era su hermana. No lo conocía tanto como su hermana. No había entre ellos eso que se siente cuando hay verdadera química entre dos seres humanos.

No había ya nada que decir, y no lo dijeron; no había ya nada que hacer, y no lo hicieron. Cual dos pistoleros del Viejo Oeste a las puertas de un duelo, se dieron la espalda y comenzaron a caminar en la misma dirección, pero en sentidos
opuestos. Sin contar los pasos. Aunque no fue la primera, sí fue la última vez que se les vio juntos.

Se voltearon a mirar sólo en el momento en que cada uno estaba frente a su respectiva pareja actual. Ellos, que observaban con expectativa desde la distancia, no quisieron preguntar. No querían preguntar, pero era inevitable: Ante el temblor de sus manos y el latir acelerado de sus corazones, fueron sus ojos los que lo hicieron sin una sola palabra:
-Perdóname, amor-dijo Ella a su esposo-. Se lo debía a mi hermana… Y, en cierta forma, a Él también.

El esposo la abrazó sin decir nada. Mientras observaba los besos que su esposa se daba con otro, con un desconocido, ya había imaginado la escena posterior: él preguntando “¿A Él también?”. Ella respondiendo con plena seguridad “Sí. A Él también”. “¿Por qué?” “Por llevar felicidad a los últimos días de la vida de mi hermana”. Conocía del amor
que Ella y su hermana se profesaban cuando la segunda aún vivía y de cómo luchaban juntas por la felicidad de las dos. Imaginó, en fin, muchas preguntas y respuestas, muchos ataques y contraataques, muchos ires y venires. A la vez se dio cuenta de que todo esto no los llevaría a ninguna parte, por eso su respuesta fue un silencioso, pero fuerte y largo abrazo.

-Perdóname-dijo Él a su esposa-. Era algo que tenía que hacer. Era algo que tenía que vivir.

-Lo entiendo-dijo ella y parecía entenderlo, eso al menos le decían a Él sus ojos (sin embargo, fueron sus únicas dos palabras en el resto de la noche). Y lo besó.

Pocos días después, los esposos de ellos, que vinieron a conocerse esa noche, por esas coincidencias de un amor del pasado, recibieron vía internet la señal de que sus angustias habían llegado a su final, de que quizás ya todo podría volver a la normalidad. Esa señal les llegó casi que al mismo tiempo en la forma de una frase dejada ahí por sus parejas:

“Si los besos no te llevan al paraíso, entonces estás en los labios equivocados”

Martín Balarezo García

Sin que nadie lo notara, ni siquiera al percatarse de la coincidencia de la misma frase en los perfiles (eran muy pocos los amigos en común entre las dos parejas), así fue como dos largos lutos, y dos celos injustificados, llegaron a su final.

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