¿Hay esperanza para esta paz embolatada?

El cumplimiento del Acuerdo estancado, líderes sociales asesinados…y sin embargo, según el autor, se abren nuevos espacios y los actores políticos se están reacomodando. “Vienen cambios”, dice.

Por Medófilo Medina. Cofundador de Razón Pública. Tomado de Razón Pública.

Un proceso paradigmático

Las negociaciones de La Habana tuvieron una historia larga. Si se cuenta desde la fase exploratoria hasta la última entrega de armas de las FARC el 27 de junio de 2017, el proceso duró siete años.

Fue un proceso paradigmático por varias razones, entre ellas:

  • El volumen de conocimiento que puso en circulación;
  • Las novedades que produjo en diversos ámbitos;
  • La incorporación de militares activos, y
  • Los cambios que pudieron advertirse en los protagonistas en el curso del proceso.

Posconflicto sombrío

En contraste con la etapa de negociación, al posconflicto lo han envuelto densas nubes de incertidumbre. El mayor problema es el incumplimiento de lo acordado:

  • En lo tocante al punto de la reforma rural el balance es muy pobre, salvo en la titulación de baldíos, que de hecho eran tierras previamente ocupadas. Los planes de desarrollo territorial (PDET) no acaban de arrancar por falta de recursos, pero sobre todo porque el Estado sigue siendo centralista y los acuerdos fueron diseñados y pactados con un enfoque territorial.
  • Los esfuerzos del Estado para contrarrestar la eliminación sistemática de líderes sociales y de excombatientes son débiles y por ello ineficaces. Durante mucho tiempo el goteo letal se mantuvo mientras el ministerio de Defensa y la Fiscalía negaban la conexión entre los crímenes.
  • Produce indignación que iniciativas tan importantes como el Comité de Búsqueda de los Desaparecidos –que son más de ochenta mil– no inicie su trabajo porque el Gobierno no le da recursos.
  • Las disidencias de las FARC no son despreciables por su número y su capacidad de fuego. Con explicable inquietud muchos se preguntan por la desaparición de ciertos personajes de la antigua insurgencia.

Por otro lado, en relación con el análisis de lo que significó el conflicto interno, antes que un compromiso por buscar explicaciones conjuntas sobre lo que el país sufrió durante varias décadas, lo que se ve es una construcción de “memorias” sectoriales, que son auto-exculpatorias a la vez que buscan atribuir responsabilidad a otros actores.

Un buen ejemplo de esto es “El dosier secreto de las FARC”, publicado por la revista Semana. Al respecto sorprenden tanto la escenificación de la entrega del “informe” por parte de los generales como las declaraciones –apresuradas, por lo menos– de Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, sobre el mismo.

La paz va

Pero como afirmó Max Weber, aun en la situación más abyecta hay siempre un “sin embargo”. Y si se mira con serenidad la actual situación del país es preciso admitir que la paz está en marcha.

Mirar al pasado ayuda a comprender el presente. Después de los acuerdos de paz de 1902, que pusieron fin a la Guerra de los Mil Días y, en general, a la violencia de las guerras civiles, no pocas figuras influyentes del Partido Conservador siguieron afirmando que no habría paz mientras no se exterminara a los liberales. En el campo liberal viejos espadones y generales recalcitrantes llamaban a desencadenar una nueva guerra. Pero, a despecho de unos y otros, Colombia siguió transitado los caminos de la paz, que se mantuvo durante casi medio siglo hasta que aparecieron otras modalidades de conflicto violento.

En esa mirada de más largo plazo se deben destacar algunos fenómenos que están ocurriendo. Uno de ellos es el debilitamiento del partido de la guerra: el Centro Democrático (CD) se viene debatiendo en el desconcierto.

Los miembros de este grupo político ofrecieron un espectáculo deplorable cuando su jefe anunció el retiro del Senado después de que la Corte Suprema de Justicia lo llamó a indagatoria por presuntos delitos de soborno y fraude procesal. Entonces los representantes y senadores del CD se dejaron llevar por el desconcierto y no lo recuperaron del todo con el retiro de la renuncia de Uribe. Por eso José Félix Lafaurie acabó como un candidato “seducido y abandonado” por su propio partido en la elección de contralor en el Congreso.

El uribismo no ha podido elaborar una plataforma política que no tenga como vértebra la continuación de la guerra. Es explicable. La guerra lo engendró como fenómeno nacional desde 2002 y lo ha alimentado durante estos años. Cabe recordar que en la segunda administración Uribe hubo momentos cuando su imagen favorable llegó al 92 por ciento; en cambio en las encuestas recientes ha descendido por debajo del 50 por ciento. Que haya formaciones políticas de extrema derecha seguramente es inevitable, pero hoy parece posible que la paz haga inviables a los partidos que enarbolen la bandera de la guerra interna.

La propuesta de aumento “sustancial” del salario mínimo por decisión presidencial hecha por el senador Uribe debe entenderse como el comienzo de un intento de acomodamiento programático a un país sin FARC. De momento la propuesta ha provocado un amplio rechazo, incluso de los sindicatos, y el senador José Obdulio Gaviria ha enviado al ministro de Hacienda un verdadero torpedo a nombre de la bancada uribista.

Así, es claro que Colombia está entrando en una etapa de paulatina distensión política y cultural difícil de imaginar sin la paz, aun en la forma limitada que ha tomado. Un indicador de ese deshielo es, como lo han señalado varios analistas, el aumento del grupo de ciudadanos que vota orientado por sus propios criterios, liberado del clientelismo y de los imaginarios infundidos acerca del enemigo en permanente asecho.

Ese voto emancipado llegó a un número sorprendente en la reciente Consulta Anticorrupción, que sin haber alcanzado el umbral produjo resultados novedosos. La reunión del presidente de la República con los dirigentes de las corrientes políticas más representativas de la campaña tiene un valor simbólico nada despreciable.

Un horizonte de luchas sociales

Algunos políticos de la izquierda han hablado de que estamos ante un nuevo Frente Nacional, que se habría hecho palpable en la convergencia de los dirigentes de la vieja política alrededor de la candidatura de Iván Duque.

Pero el Frente Nacional fue un capítulo de bipartidismo compulsivo que se consagró en la Constitución. La dispersión de las fuerzas políticas hoy está lejos de ese delirio en el que gobierno y oposición giraban en la misma órbita, fuera de la cual solo había desierto. Hoy nadie duda de que existen partidos de oposición y de que la oposición alternativa tiene un número de referencia concreto: 8’035.000 votos.

Mientras el conflicto interno fue –al menos desde 1978– un dispositivo que modulaba la reproducción del sistema político, la existencia de una oposición alternativa no era posible. Ahora, en cambio, operan herramientas político-jurídicas como el estatuto de la oposición, aunque sin duda se mantendrá la influencia de los sectores hegemónicos. La aberración del Consejo Nacional Electoral de negar la personería jurídica a Colombia Humana es una muestra.

Como ya se mencionó, la cultura colombiana está en proceso de distensión. Conviene subrayar esto porque en las últimas décadas Colombia había experimentado una contrarrevolución cultural nutrida por el influjo del narcotráfico en la vida colectiva y estimulada por el impacto del conflicto armado interno.

Las diversas corrientes de la oposición alternativa que se encuentran hoy en la arena política colombiana están lejos de las ilusiones heroicas insurgentes de antes. Presentan y debaten programas de reforma social y de modernización política, muestran compromiso con el cuidado del medio ambiente y tienden lazos con el humanismo universal de desarrollo independiente y pacífico. Parecería que comparten el ideal del historiador y político Eric Hobsbawm, quien en su proyecto de impulsar una izquierda racional proponía luchar no por lo que queremos, sino por lo que es posible alcanzar.

Incluso el ELN, la organización que aún está en condición de rebelde político, convoca a la sociedad civil no a la gran tarde de la revolución por las armas, sino a la conquista de la paz como condición para continuar la lucha por la transformación del país.

En este contexto es previsible el aumento de las luchas sociales dado el descontento que ha dejado la aplicación a rajatabla del modelo neoliberal por sus consecuencias sobre las condiciones de vida de sectores sociales medios y bajos. Ya mucha gente con ingresos fijos recibió, gracias al exministro Mauricio Cárdenas, sorpresas alarmantes al hacer la declaración de renta este año. Esas alarmas cedieron su lugar al pánico provocado por las reformas tributaria y pensional anunciadas por el ministro Alberto Carrasquilla.

A esas nuevas luchas que vienen no se las podrá estigmatizar por los fantasmas de la “infiltración subversiva”. A la vez, la gente tendrá que admitir que ningún mesías podrá cambiar su situación y que no hay más salida que la acción colectiva en el espacio que permite la Constitución.

Link: https://www.razonpublica.com/index.php/conflicto-drogas-y-paz-temas-30/11388-la-paz-emproblemada-y-sin-embargo%E2%80%A6.html

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